"Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago
el balance de cada minuto.
¿A qué viene todo esto? A que he nacido.
De cierto tipo de vigilias viene la inculpación del nacimiento.
«Desde que estoy en el mundo», ese desde me parece cargado de
un significado tan espantoso, que se torna insoportable.
Hay un conocimiento que quita peso y alcance a lo que uno hace;
hasta el extremo él todo carece de fundamento, salvo él mismo. Puro,
hasta el extremo, de abominar incluso de la idea de objeto, expresa esa
suma sabiduría según la cual es la misma cosa cometer o no cometer
un acto, implicando, al mismo tiempo, una satisfacción también
extrema: la de poder repetirse en cada momento que nada de cuanto se
haga merece la pena, que nada está realzado por ningún signo sustancial,
que la «realidad» se inscribe en el dominio de la insensatez. Un
conocimiento de esa clase merecería ser llamado póstumo, ya que se
presenta como si el conocedor estuviera viva y no vivo, y no como si
fuera ser y reminiscencia de ser. «Es cosa pasada», dice de todo lo que
ejecuta en el instante mismo de la acción que, de esa manera, queda
para siempre desprovista de presente.
No corremos hacia la muerte; huimos de la catástrofe del nacimiento.
Nos debatimos como sobrevivientes que tratan de olvidarla. El
miedo a la muerte no es sino la proyección hacia el futuro de otro
miedo que se remonta a nuestro primer momento.
Nos repugna, es verdad, considerar al nacimiento una calamidad:
¿acaso no nos han inculcado que se trata del supremo bien y que lo
peor se sitúa al final, y no al principio, de nuestra carrera? Sin embargo,
el mal, el verdadero mal, está detrás, y no delante de nosotros. Lo
que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: «Si tres cosas no
existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el
mundo...» Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento,
fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.
Se puede soportar cualquier verdad, por muy destructiva que sea,
a condición de que sea total, que lleve en sí tanta vitalidad como la
esperanza a la que ha sustituido.
No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas —lo cual vale
más que tratar de llenarlas.
No reducirse a una obra; sólo hay que decir algo que pueda susurrarse
al oído de un borracho o de un moribundo.
La imposibilidad de encontrar un solo pueblo, una sola tribu
donde el nacimiento provoque duelo y lamentación, prueba hasta qué
punto la Humanidad se encuentra en estado de regresión.
Rebelarse contra la herencia, es rebelarse contra millones de años,
contra la primera célula.
Hay un dios al principio, cuando no al cabo de toda alegría.
Nunca estoy a gusto en lo inmediato, sólo me seduce lo que me
precede, lo que me aleja de aquí, los innúmeros instantes en que yo no
fui: lo no–nato, en suma.
Necesidad física del deshonor. Me hubiera gustado ser hijo de
verdugo.
¿Con qué derecho os ponéis a rezar por mí? No tengo necesidad de
intercesores, me las arreglaré solo. De un miserable, tal vez lo aceptaría:
de nadie más, aunque se tratara de un santo. No tolero que se
preocupen por mi salvación. Si le temo y le huyo, qué indiscretas
resultan entonces vuestras plegarias. Dirigidlas a otra parte, de todas
formas no estamos al servicio de los mismos dioses. Si los míos son
impotentes, no hay razón para creer que los vuestros lo sean menos. Y
aun suponiendo que sean tal y como los imagináis, todavía les faltaría
el poder de curarme de un horror más viejo que mi memoria.
¡Qué miserable es la sensación! Incluso el éxtasis no es, quizá sino
una más.
Des–hacer, des–crear, es la única tarea que el hombre puede asignarse
si aspira, como todo lo indica, a distinguirse del Creador.
Se que mi nacimiento es una casualidad, un accidente risible, y,
no obstante, apenas me descuido me comporta como si se tratara
de un acontecimiento capital, indispensable para la marcha y el
equilibrio del mundo.
Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre.
Por regla general, los hombres esperan la decepción: saben que no
deben impacientarse, que llegará tarde o temprano, que les concederá
los plazos necesarios para que puedan entregarse a sus actividades
momentáneas. Con el desengañado sucede de otra manera: para él la
decepción sobrevino en el momento mismo de la acción; no necesita
acecharla porque está presente. Al liberarse de la sucesión, ha devorado
lo posible y convertido el futuro en superfluo. «Yo no puedo encontraros
en vuestra futuro, dice a los otros. No tenemos un solo instante
que nos sea común.» Y es que para él, el porvenir en su totalidad está
ya ahí.
Cuando se percibe el fin en los comienzos, se va más aprisa que el
tiempo. La iluminación, decepción fulgurante, otorga una certeza que
transforma al desengañado en liberado.
Me desligo de las apariencias y, no obstante, me enredo en ellas;
mejor dicho: estoy a medio camino entre esas apariencias y eso que las
invalida, eso que no tiene ni nombre ni contenido, eso que no es nada y
que es todo. Nunca daré el paso decisivo fuera de ellas. Mi naturaleza
me obliga a flotar, a eternizarme en el equívoco, y si tratara de decidirme,
sea en un sentido o en otro, perecería por salvarme.
Mi facultad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es
quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me
impide seguirlo.
Si algo no logra ya apiadarnos, deja de existir, de ser tomado en
cuenta. Por eso nuestro pasado deja de pertenecernos tan pronto
se convierte en historia, en algo que no interesa ya a nadie.
Aspirar, en lo más profundo de uno mismo, a estar tan desposeído,
a ser tan lamentable como Dios.
El verdadero contacto entre los seres sólo se establece en la presencia
muda, en la aparente no–comunicación, en el intercambio
misterioso y sin palabras que se asemeja a la plegaria interior.
Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta
años de un largo, superfluo trabajo de comprobación.
Estoy, por lo general, tan seguro de que todo está desprovisto de
consistencia, de fundamento, de justificación, que aquel que osara
contradecirme, aunque fuera el hombre que más estimo, me parecería
un charlatán o un imbécil.
Desde la infancia percibía ya el deslizarse de las horas, libres de
toda referencia, de todo acto y de todo acontecimiento, el desglose del
tiempo de lo que no era tiempo, su existencia autónoma, su estatuto
particular, su imperio; su tiranía. Recuerdo con perfecta claridad
aquella tarde en que, por vez primera, frente al universo vacante, yo
era sólo una fuga de instantes rebeldes que se negaban a cumplir su
función propia. El tiempo se desprendía del ser a mis expensas.
A diferencia de Job, no maldije el día de mi nacimiento; a todos
los otros días, en cambio, los he cubierto de anatemas.
Si la muerte sólo tuviera facetas negativas, morir sería un acto
impracticable.
Todo es; nada es. Una y otra fórmula aportan igual serenidad. El
ansioso, para su desgracia, se queda entre las dos, tembloroso y
perplejo, siempre a merced de un matiz, incapaz de establecerse en la
seguridad del ser o de la ausencia de ser."
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