domingo, 25 de noviembre de 2012

Nostalgia- Relato sin ti (Trabajo de la Universidad)

La siguiente publicación, es mi fragmento de un relato creado para la clase de Narración y mundos posibles. La primera parte pertenece a dos compañeras, por lo tanto, prefiero solo publicar lo que escribí:

"...Es lunes, pasado ya un domingo sin altísima aspiración a un algo que me haga avanzar. Me alejo de esta sensación confortable que alguna vez sentí, ajena a este y todos los demás días.
-¿A dónde vas?- pregunta entonces él con su aliento a cigarro y sueño.
-Tengo trabajo- Le digo mientras me acomodo las medias.
-¿Qué hago con la niña?- Pregunta con el ceño fruncido.
-Encárgate de eso- ella duerme, la miro, pestañeo, eso quiero, que no atienda a mi atroz despreocupación, en mi imaginario aún conservo mimetizada la figura de madre ejemplar  que se supone represento- Es tarde.
He pisado terrenos inocentes, confrontado mis fantasmas y apartando mí profundo temor a la ausencia, me encuentro con el ánimo de un desierto con espacios absurdos, de sentimentalismos agresivos,  desapegándome totalmente de mi suelo, arrastrando mi cielo a un rincón sin nombre y tergiversando mi realidad de tonalidades múltiples, en un gris espeso que no sacia las ansias de un matutino.
Es de esperar (porque esperar ya es ley humana), que una mujer como yo, se encuentre en el tope de una vida lo suficientemente feliz y cálida, como para que un pensamiento de desprecio se dé a lugar. La maternidad me cargó en los primeros meses con la tranquilidad de haber completado un hogar sin inconvenientes, mi panorama era prometedor, mi hija y marido eran un mundo infinito para el provecho. Entonces me atreví a apostar por un futuro, una meta, mis cuentos de sapos, princesas y manzanas cobraban la forma que mi esperanza les daba.
-¿No lo tiene en verde?- Pregunta una doña tras el vestidor.
-Es el único color que nos queda en ese modelo-respondo- ¿Desea probarse otro estilo?
La señora inmediatamente inicia una retahíla del pésimo servicio que obtiene y no merece, hace una danza por la tienda con reproche de hombros y manos, nombra a mi madre más de las veces que yo en algún momento lo hice, el administrador la aparta dándole razón, cumpliendo sus caprichos, ofreciéndole disculpas con descuentos a precio de bodega, no sin antes resaltar mi deplorable atención.
La humillación es adaptable, mi cuerpo y mente son testigos de ello. Cuándo mi marido inició su abrupto cambio, yo me encontraba en la terraza lavando los pañales de la niña. Era un 23 y las nubes eran dinosaurios estáticos, la bebé dormía en el cochecito, acompañada de mi canto húmedo y el gato que tenía en aquel entonces. Él llego ebrio, subió a paso de lombriz las escaleras y comenzó a llamarme con entonación de alcohol. Yo le pregunté por su estado, pero no me dio tiempo de continuar, cuando ya tenía mi cabeza dentro de la poseta de agua, ahogando más que mi respiración, los centímetros de cariño que le guardaba. El gato arremetió contra él, rasgando una de las mangas de sus jeans, como respuesta mi marido lanzó una patada, dejando al consentido en un estado sin retorno. Mi hija lloraba y con la consternación en mis poros, gritaba silenciosamente, ¿En qué momento el príncipe pasó a ser bestia?
Me encuentro con mi primo a la hora del almuerzo, él con un pañuelo, seca mis lágrimas agrias e intenta consolarme. Recuerdo cuando jalaba mi pelo y yo le mordía la mano, entonces llamaba a Tía Ana y me castigaban toda la tarde, luego él llegaba con un diente de león a la mitad, pidiendo disculpas y yo enseñándole la lengua le decía que le crecería la nariz, que aún conserva respingada.
Me habla de un viaje a Cali, la buseta en el terminal, la rubia que vendía arepitas en la sexta, las pocas posibilidades de empleo y su pronto retorno a la ciudad. Me pregunta por la niña y de nuevo el llanto se apodera de mí.
Una tarde de Martes me extrañé al ver lo mucho que mi nena se quejaba, “Mami me duele mi cuerpito”, “Mami tengo frío”, “Mami estoy cansadita”. Estaba blanquísima, entonces la llevé con el doctor Serrano, quién mandó los exámenes habituales de un control. El diagnóstico me atraganto las palabras: Leucemia Linfocítica Aguda.
Mientras  Serrano me explicaba con qué rapidez las células cancerígenas comerían su cuerpecito, mis manos temblorosas acariciaban la carita de mi pequeña, acurrucada en mis piernas.
De nuevo mi primo intenta hacerme regresar de mi inconsolable suplicio y yo solo digo, ella duerme, duerme, está tranquila, yo la vi. Inmediatamente se levanta de la silla, me sacude, se contagia de lágrimas y me exige que le diga dónde está. Sacudo mi cabeza, le digo que está durmiendo, que mi marido la tiene, que la deje tranquilita, que su padre borracho no la despierta.

He sentido en mi vida infinidad de cosas que han traído a mi mente pena y desdichas, olvido, rechazo, impotencia, dolor… ¡Dolor! A flor de piel recorriendo mis venas, mientras un cajón abraza su cuerpito helado lleno de mí. Entonces atravesada en mi total desesperación, un roce, un leve roce sobre mi hombro me empuja, y cómo esperar es ley humana, hasta el momento que decida sacarme del abismo, estarán mis rodillas pidiendo despojarse de la soledad. 

Alicia empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: “¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?” Y a veces: “¿Comen gatos los murciélagos?” Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara.”

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