La siguiente publicación, es mi fragmento de un relato creado para
la clase de Narración y mundos posibles. La primera parte pertenece a
dos compañeras, por lo tanto, prefiero solo publicar lo que escribí:
"...Es lunes, pasado ya un domingo sin altísima aspiración a un algo que me
haga avanzar. Me alejo de esta sensación confortable que alguna vez sentí,
ajena a este y todos los demás días.
-¿A dónde vas?- pregunta entonces él con su aliento a cigarro y sueño.
-Tengo trabajo- Le digo mientras me acomodo las medias.
-¿Qué hago con la niña?- Pregunta con el ceño fruncido.
-Encárgate de eso- ella duerme, la miro, pestañeo, eso quiero, que no
atienda a mi atroz despreocupación, en mi imaginario aún conservo mimetizada la
figura de madre ejemplar que se supone
represento- Es tarde.
He pisado terrenos inocentes, confrontado mis fantasmas y apartando mí
profundo temor a la ausencia, me encuentro con el ánimo de un desierto con
espacios absurdos, de sentimentalismos agresivos, desapegándome totalmente de mi suelo,
arrastrando mi cielo a un rincón sin nombre y tergiversando mi realidad de
tonalidades múltiples, en un gris espeso que no sacia las ansias de un matutino.
Es de esperar (porque esperar ya es ley humana), que una mujer como yo, se
encuentre en el tope de una vida lo suficientemente feliz y cálida, como para
que un pensamiento de desprecio se dé a lugar. La maternidad me cargó en los
primeros meses con la tranquilidad de haber completado un hogar sin
inconvenientes, mi panorama era prometedor, mi hija y marido eran un mundo
infinito para el provecho. Entonces me atreví a apostar por un futuro, una
meta, mis cuentos de sapos, princesas y manzanas cobraban la forma que mi
esperanza les daba.
-¿No lo tiene en verde?- Pregunta una doña tras el vestidor.
-Es el único color que nos queda en ese modelo-respondo- ¿Desea probarse
otro estilo?
La señora inmediatamente inicia una retahíla del pésimo servicio que
obtiene y no merece, hace una danza por la tienda con reproche de hombros y
manos, nombra a mi madre más de las veces que yo en algún momento lo hice, el
administrador la aparta dándole razón, cumpliendo sus caprichos, ofreciéndole
disculpas con descuentos a precio de bodega, no sin antes resaltar mi
deplorable atención.
La humillación es adaptable, mi cuerpo y mente son testigos de ello. Cuándo
mi marido inició su abrupto cambio, yo me encontraba en la terraza lavando los
pañales de la niña. Era un 23 y las nubes eran dinosaurios estáticos, la bebé
dormía en el cochecito, acompañada de mi canto húmedo y el gato que tenía en
aquel entonces. Él llego ebrio, subió a paso de lombriz las escaleras y comenzó
a llamarme con entonación de alcohol. Yo le pregunté por su estado, pero no me
dio tiempo de continuar, cuando ya tenía mi cabeza dentro de la poseta de agua,
ahogando más que mi respiración, los centímetros de cariño que le guardaba. El
gato arremetió contra él, rasgando una de las mangas de sus jeans, como
respuesta mi marido lanzó una patada, dejando al consentido en un estado sin
retorno. Mi hija lloraba y con la consternación en mis poros, gritaba
silenciosamente, ¿En qué momento el príncipe pasó a ser bestia?
Me encuentro con mi primo a la hora del almuerzo, él con un pañuelo, seca
mis lágrimas agrias e intenta consolarme. Recuerdo cuando jalaba mi pelo y yo
le mordía la mano, entonces llamaba a Tía Ana y me castigaban toda la tarde,
luego él llegaba con un diente de león a la mitad, pidiendo disculpas y yo
enseñándole la lengua le decía que le crecería la nariz, que aún conserva
respingada.
Me habla de un viaje a Cali, la buseta en el terminal, la rubia que vendía
arepitas en la sexta, las pocas posibilidades de empleo y su pronto retorno a
la ciudad. Me pregunta por la niña y de nuevo el llanto se apodera de mí.
Una tarde de Martes me extrañé al ver lo mucho que mi nena se quejaba,
“Mami me duele mi cuerpito”, “Mami tengo frío”, “Mami estoy cansadita”. Estaba
blanquísima, entonces la llevé con el doctor Serrano, quién mandó los exámenes
habituales de un control. El diagnóstico me atraganto las palabras: Leucemia
Linfocítica Aguda.
Mientras Serrano me explicaba con qué rapidez las
células cancerígenas comerían su cuerpecito, mis manos temblorosas acariciaban
la carita de mi pequeña, acurrucada en mis piernas.
De nuevo mi primo
intenta hacerme regresar de mi inconsolable suplicio y yo solo digo, ella
duerme, duerme, está tranquila, yo la vi. Inmediatamente se levanta de la
silla, me sacude, se contagia de lágrimas y me exige que le diga dónde está.
Sacudo mi cabeza, le digo que está durmiendo, que mi marido la tiene, que la
deje tranquilita, que su padre borracho no la despierta.
He sentido en mi vida infinidad de cosas que han traído a mi mente pena y
desdichas, olvido, rechazo, impotencia, dolor… ¡Dolor! A flor de piel
recorriendo mis venas, mientras un cajón abraza su cuerpito helado lleno de mí.
Entonces atravesada en mi total desesperación, un roce, un leve roce sobre mi
hombro me empuja, y cómo esperar es ley humana, hasta el momento que decida
sacarme del abismo, estarán mis rodillas pidiendo despojarse de la soledad.
“Alicia
empezó a sentirse medio dormida y siguió diciéndose como en sueños: “¿Comen
murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?” Y a veces: “¿Comen gatos
los murciélagos?” Porque, como no sabía contestar a ninguna de las dos
preguntas, no importaba mucho cual de las dos se formulara.”
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