martes, 2 de octubre de 2012

Ciudades y aberraciones.

Existe una anomalía entre las palabras y la lengua. Mientras las palabras acceden a jugar, mi lengua disfruta con evitar el paso. Ayer mientras caminaba, a eso de las siete, me encontré a un niño siguiéndome los pies. Es natural, digo, las personas caminan unas tras otras y desde pequeño el ya tiene la manía de querer lamer tobillos, en eso se me vino por golpecito la duda, ¿A qué vienes? ¿Estás solito? ¿No tienes mamá? ¿Te gustan los dulces? Al voltear, no había niño alguno. Meditando, el semáforo se congeló en rojo, esas situaciones me ponen tensa, sobre todo por el hecho de no saber enfocar la vista entre tanta mierdita suelta que se puede percibir a esas horas; contando: El celador en la caseta con salario mediocre y de mente ya ni hablemos. Martica, la de los minutos, que vende el tiempo por cuotas y así se le agregan las arrugas. El viejito del carro de helados con campanas ding,dang,dung que no hace más que esperar a que estos días tan fríos tengan piedad de sus huesos. Verde.
Cuándo paso por la panadería el estómago me hace danza, quién diría que el olor a levadura me llevara indirectamente a esas charlas devastadoras con el espejo. Pero pese a las imperfecciones de mi flácido abdomen (nada estético comparado con las grandes estrellas estrelladas, las personas saludables y una que otra escoria humana) no me acomplejo más, que por la podredumbre de mis días y la infaltable comodidad de aferrarse a una idea pesimista de mi propio ser (in) existente. Me regreso a feto, a cartílago disuelto, sin hombros o prisiones óseas. De pronto las manos ya no me quieren funcionar y hago parte de lo que siempre fuí, con la satisfacción de que nunca importó y eso fue realmente lo único que me hizo especial
Post-mortem y delirio, ¿Es eso todo lo que se esconde tras la cortina mental que ataja cada buen sentimiento?
He cruzado la calle, logrando plantear dudas complejísimas, en lugar de comer pan Francés y callarme la cabeza. El siguiente paso, (Prometido) será el de esponja receptora. Escucho, palpo, huelo, observo y degusto la asquerosa densidad del aire. Mientras las palabras me gritan detente, la lengua me hace nudos para no sentir. ¡Qué placentera esta masa disolviéndose en saliva, qué magnífica sensación de vacío!
Hasta aquí los postes de luz se acongojan y las tías desnudan sus chismes. Era de suponerse que se terminó la bolsa y de nuevo estaría fijándome en el perro ladrándole al borracho, pongo la voz ronca y anoto en la piel: ¡Peligro! Alto riesgo de contacto existencial (se contagia si se da espacio) Por favor abstenerse de participar, gracias.

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